BITÁCORA

La fabricación del enemigo en la narrativa sociopolítica contemporánea

Autor: Leonardo Jiménez García[1]

Resumen: El presente ensayo explora el fenómeno de la fabricación del enemigo en contextos sociopolíticos y comunicacionales. Se analizan las razones por las cuales individuos y sociedades necesitan construir la imagen de un enemigo, así como las estrategias discursivas y emocionales implicadas en este proceso. A través de ejemplos históricos y contemporáneos –desde la Guerra Fría hasta las narrativas actuales sobre migración, terrorismo o delincuencia juvenil– se examina cómo el miedo y los estereotipos alimentan la figura del “otro” amenazante. Asimismo, se discute el papel de los medios de comunicación y del relato único en la propagación de imágenes distorsionadas de grupos sociales. Finalmente, el ensayo reflexiona sobre las consecuencias de estas construcciones en la cohesión social y la democracia, proponiendo la necesidad de deconstruir la imagen del enemigo mediante la empatía, el reconocimiento de la pluralidad de historias y la generación de narrativas inclusivas que rescaten la común humanidad.

Palabras clave: fabricación del enemigo; fobopolítica; miedo; estereotipos; enemigo interno; narrativa sociopolítica; comunicación y conflicto.

La necesidad de un enemigo para la identidad colectiva

Un viejo ensayo de Umberto Eco inicia recordando la extrañeza de un taxista que le preguntó: “¿Cuáles son sus enemigos históricos?” al enterarse de que Eco era italiano[2]. La anécdota ilustra una intuición fundamental: toda sociedad –y, en cierto sentido, toda identidad grupal– tiende a definirse en oposición a un otro. Como señala Eco, “tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para… mostrar nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo (Eco, 2012, p. 15). La figura del enemigo cumple una función psicológica y social: provee un punto de comparación frente al cual un grupo refuerza sus lazos internos y su sentido de propósito. En la historia, líderes y naciones han aprovechado esta necesidad casi existencial de un adversario para unir a su pueblo contra una amenaza común, real o imaginada.

Ahora bien, fabricar un enemigo no implica necesariamente inventarlo desde cero; a veces supone magnificar diferencias culturales, políticas o étnicas preexistentes y presentarlas como peligrosas. Otras veces implica crear chivos expiatorios ante crisis sociales, atribuyendo a ciertos grupos la culpa de los males colectivos. El resultado es una construcción discursiva: se elabora una imagen del enemigo con rasgos estereotipados y deshumanizados que facilitan su rechazo. Según la investigadora Alicia Barbero, la imagen del enemigo puede definirse de forma simplificada como el proceso por el cual, al sentir que otra persona o grupo amenaza nuestras necesidades o valores, comenzamos a verlo de forma distorsionada, lo que nos lleva a discriminarlo, excluirlo e incluso eliminarlo (Barbero et al., 2006, p. 3):

“De forma simplificada podemos definir la imagen del enemigo como aquel proceso que, por el hecho de sentir que una persona o un grupo de personas diferentes amenazan nuestras necesidades y valores, nos hace verlos de forma distorsionada y nos lleva a discriminarlos, excluirlos, o incluso eliminarlos.” (Barbero et al., 2006, p. 3)

En esta construcción intervienen componentes emocionales y cognitivos. El miedo, la ira y el odio son emociones frecuentes dirigidas hacia ese “otro” percibido como enemigo. A nivel cognitivo, operan estereotipos y prejuicios: generalizaciones negativas que simplifican a todo un colectivo. Esta dinámica ha sido descrita por la escritora Chimamanda Ngozi Adichie en su concepto del relato único. Adichie advierte que “el relato único crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos” (Adichie, 2009, p. 5). Dicho de otro modo, cuando solo escuchamos una historia –generalmente negativa– acerca de un grupo humano, perdemos de vista su complejidad y diversidad. La consecuencia, señala Adichie, es grave: “priva a las personas de su dignidad” y “nos dificulta reconocer nuestra común humanidad”. Al enfatizar únicamente aquello que nos diferencia y nos separa, el relato único sienta las bases para ver a ese otro grupo como menos humano o incluso como una amenaza esencial.

Miedo, fobopolítica y construcción del enemigo

 El miedo es una emoción primordial en el proceso de fabricación del enemigo. Un grupo percibido con recelo pronto se convierte en foco de temor colectivo. En contextos de inestabilidad, es común que autoridades políticas canalicen temores difusos hacia un blanco concreto. La investigadora Alexandra Agudelo López ha conceptualizado la fobopolítica como la forma de gobierno basada en explotar sistemáticamente el miedo con fines de control social (Agudelo, 2020, p. 201). En su estudio, Agudelo retoma la figura mitológica de Fobos (dios del miedo) para describir cómo algunos gobiernos contemporáneos utilizan narrativas de terror para legitimar sus acciones. La lógica es clara: para gobernar mediante el miedo se necesita identificar (o inventar) enemigos que justifiquen medidas excepcionales. Como señala la autora, la estrategia pasa por “provocar el mayor miedo posible en el enemigo; lo que implica… la revelación de un enemigo común que justifique toda guerra o la creación de enemigos en todas partes” (Agudelo, 2020, p. 202). En otras palabras, la gubernamentalidad del miedo fabrica imágenes de amenaza ubicua: si no hay un enemigo evidente a la mano, se construyen múltiples enemigos difusos, generando en la población una constante solicitud angustiosa de seguridad y protección a cualquier costo.

La seguridad nacional y la seguridad ciudadana se convierten entonces en ejes centrales del discurso político, muchas veces a expensas de libertades civiles. La sociología del miedo ha mostrado que una sociedad asustada tiende a aceptar la vigilancia masiva y el autoritarismo con tal de sentirse a salvo. El sociólogo Zygmunt Bauman advertía que en una cultura de vigilancia, todos terminamos colaborando en identificar amenazas: “todos necesitamos designar a los enemigos de la seguridad para evitar ser considerados parte de ellos… necesitamos confiar en la eficacia de los dispositivos de vigilancia para creer que las criaturas decentes que somos saldrán ilesas” (Bauman & Lyon, 2013, citado en Agudelo, 2020, p. 184). Esta mentalidad refuerza un círculo vicioso: el miedo alimenta la sospecha, la sospecha fabrica enemigos internos y externos, y esos enemigos –reales o no– realimentan el miedo.

El fenómeno ha sido especialmente evidente tras eventos traumáticos como ataques terroristas. Por ejemplo, después del fin de la Guerra Fría –cuando desapareció el “gran enemigo soviético”– Estados Unidos vivió lo que Eco describe irónicamente como un peligro de pérdida de identidad nacional. La ausencia de un enemigo externo claro dejó un vacío prontamente llenado por nuevas amenazas. Tras el 11 de septiembre de 2001, la figura difusa del terrorista internacional ocupó ese lugar, desencadenando la llamada “Guerra contra el Terror”. Se construyó un enemigo global –el terrorismo islamista– que justificó guerras en el extranjero, políticas de seguridad extremas y un endurecimiento de controles internos. El miedo al terrorismo, amplificado mediáticamente, llevó a amplios sectores de la ciudadanía a aceptar medidas antes impensables, desde invasiones militares hasta vigilancia electrónica masiva, bajo la promesa de protección. Aquí vemos cómo la fobopolítica opera tanto en regímenes autoritarios como en democracias: el discurso del miedo unifica a la población frente a un enemigo omnipresente y diluye las fronteras entre la guerra externa y la represión interna.

El enemigo interno: estigma y control social

 No solo las amenazas externas cohesionan identidades; también la noción de enemigo interno ha sido recurrente en la historia geopolítica, particularmente en América Latina. Durante las décadas de 1960 y 1970, la Doctrina de la Seguridad Nacional promovida en varios países latinoamericanos estableció que la subversión interna –es decir, los opositores políticos, líderes sociales o cualquiera con ideas “extremistas”– debía considerarse una amenaza equiparable a un enemigo en guerra.

La construcción del enemigo interno frecuentemente se dirige contra grupos vulnerables o minoritarios, presentándolos como peligros ocultos para la sociedad. Un caso extremo de esta lógica es el concepto de juvenicidio analizado por José Manuel Valenzuela (2019) al estudiar la violencia sistemática contra jóvenes pobres en América Latina. Valenzuela observa que, bajo imaginarios sociales racistas y clasistas, “las prácticas genocidas se realizan contra un enemigo interno: los jóvenes”, especialmente aquellos de sectores marginados (Valenzuela, 2019, p. 64). En países como Brasil, se ha llegado a hablar de un genocidio de la juventud afrodescendiente, donde fuerzas policiales y parapoliciales tratan a los jóvenes de favelas como enemigos a exterminar. Estas prácticas son sostenidas por estereotipos que asocian juventud, pobreza y criminalidad, reforzados a su vez por un racismo institucional. El resultado es trágico: una generación entera es despojada de su condición de ciudadanos y reducida a la categoría de amenaza. La narrativa del “enemigo interno” aquí se ensaña con los jóvenes pobres de la región para encubrir problemas estructurales como la desigualdad, la falta de oportunidades o la corrupción. En lugar de abordar esas raíces, el discurso público señala a la juventud marginada como causante de la inseguridad, legitimando tácticas de mano dura e incluso ejecuciones extrajudiciales en nombre del orden.

Otra manifestación de este fenómeno es la criminalización de la protesta social. En regímenes autoritarios (y aun en democracias debilitadas), es habitual que se etiquete a manifestantes, sindicalistas o líderes comunitarios como “agitadores”, “terroristas” o enemigos internos instigados por fuerzas foráneas. Esta retórica deslegitima las reivindicaciones sociales presentándolas como parte de una conspiración contra la patria. Por ejemplo, durante el estallido social en Chile (2019) o en Colombia (2021), algunas voces desde el poder calificaron a los protestantes como “vándalos” asociados a movimientos subversivos, desviando la atención de las causas legítimas de las protestas (desigualdad, pobreza, abuso policial) hacia un supuesto plan orquestado por enemigos de la nación. Al encuadrar el conflicto en términos bélicos –ciudadanos leales versus enemigos internos–, se busca justificar el uso de la fuerza y la suspensión del diálogo. Nuevamente vemos cómo la fabricación del enemigo sirve para cohesionar a un “nosotros” gobernante contra un “ellos” disidente, erosionando el espacio de la deliberación democrática.

Narrativas mediáticas y estereotipos: el peligro de la historia única

 Los medios de comunicación juegan un rol crucial en la construcción (o deconstrucción) del enemigo. A través de discursos repetitivos y simplificados, pueden afianzar en el imaginario colectivo la asociación de ciertos grupos con peligros específicos. Un ejemplo claro es la narrativización de la inmigración en distintos países. En épocas recientes, partidos y líderes populistas en Europa y Estados Unidos han utilizado el miedo al inmigrante –pintado como criminal, terrorista o usurpador de empleos– para obtener rédito político. Al focalizar casos aislados de delito o enfatizar las diferencias culturales, los medios sensacionalistas contribuyen a un relato único donde el inmigrante se convierte en el enemigo culpable de los males sociales. Este relato omite deliberadamente las contribuciones positivas de la migración y las historias individuales de los migrantes, presentando en cambio una masa indistinguible y amenazante. El efecto de tal estereotipación ha sido documentado: crece la xenofobia, se normalizan discursos de odio y se abren paso políticas restrictivas que muchas veces vulneran derechos humanos básicos.

Adichie lo expresó con lucidez: “enfatiza en qué nos diferenciamos en lugar de en qué nos parecemos”. Cuando la cobertura mediática solo muestra a un grupo en su faceta negativa –por ejemplo, retratando a los jóvenes de barrios marginados solo como pandilleros, o a ciertas minorías religiosas únicamente como extremistas– se dificulta que el público los perciba como iguales en dignidad. Se consolida así la imagen del otro amenazante que justifica actitudes de exclusión. En Argentina, por ejemplo, un estudio sobre representaciones urbanas reveló que los habitantes de un barrio de clase media describían a la comunidad vecina de menores recursos con términos como “nido de delictuosidad y carencias”, imaginario “impregnado de peligro y miedo” que alimenta la desintegración social entre ambos grupos (Gutiérrez, 2018, p. 421). Prejuicios de este tipo –difundidos a veces por rumores, noticias sesgadas o simplemente por desconocimiento– conducen a la polarización social: “gente buena” versus “gente mala”, comunidades que dejan de interactuar entre sí más que bajo lógicas de desconfianza.

Frente a este panorama, resulta fundamental cuestionar la simplicidad de las narrativas únicas. Recuperar la pluralidad de historias acerca de cada grupo es un antídoto poderoso contra la demonización. Si los medios dedicaran más espacio a mostrar las múltiples dimensiones de, digamos, la juventud de un barrio popular –sus emprendimientos, su creatividad artística, sus aportes comunitarios– sería más difícil encerrarlos en la etiqueta unívoca de “enemigos” de la sociedad. Lo mismo vale para otros colectivos estigmatizados: migrantes, minorías étnicas, religiosas o políticas.

La comunicación ética debe esforzarse por humanizar al otro, evitando los encuadres que lo presenten únicamente como un problema. Como sugieren los especialistas en educación para la paz, es necesario “humanizar al otro y a un@ mism@” a través del contacto genuino, el diálogo intercultural y la empatía (Barbero et al., 2006, p. 17). Descubrir que el supuesto enemigo tiene, en el fondo, las mismas necesidades, miedos y esperanzas permite desmontar la construcción que lo convertía en amenaza.

Deconstruir la imagen del enemigo: hacia una narrativa de la convivencia

 Entender cómo se fabrica un enemigo es el primer paso para deconstruir esa imagen. Si el proceso inicia con la percepción de amenaza a necesidades o valores, la solución comienza por examinar críticamente esa percepción. ¿Realmente está el “otro” amenazando mi existencia, o es un temor infundado o exagerado? ¿Qué intereses podrían estar detrás de quien me insiste en pintar a ese grupo como enemigo? Estas preguntas invitan a un análisis reflexivo en lugar de una reacción visceral. La educación para la paz propone estrategias pedagógicas para desmantelar la imagen del enemigo, tanto en entornos escolares como comunitarios. Ejercicios que promueven la empatía –ponerse en el lugar del otro–, el reconocimiento de la historia y el dolor ajeno, y la identificación de estereotipos en el discurso público son herramientas valiosas. Por ejemplo, intercambiar relatos de vida entre miembros de grupos enfrentados puede revelar que ambos comparten preocupaciones similares y que la mayoría de sus integrantes son gente común lejos de los extremos que la propaganda enfatiza.

En el plano sociopolítico, deconstruir al enemigo implica también desactivar la política del miedo. Esto requiere voluntad de líderes y medios para no explotar la inquietud ciudadana con fines cortoplacistas. Implica sustituir narrativas belicistas por narrativas de convivencia. Tales expresiones muestran que es posible subvertir la narrativa del enemigo y reemplazarla por la del adversario que no es un monstruo, sino un ser humano con quien se puede dialogar y, eventualmente, reconciliar.

Finalmente, construir sociedades más justas y equitativas reduce la necesidad de fabricar enemigos. Muchas veces, la figura del enemigo cumple la función de desviar la atención de problemas internos (corrupción, pobreza, desigualdad) culpando a otros de nuestros males. Si se abordan esas causas de fondo, habrá menos terreno fértil para la siembra del odio. La fabricación del enemigo prospera en contextos de inseguridad, incertidumbre o agravio no resueltos; por el contrario, en comunidades donde se garantizan derechos, se fomenta la participación y se celebra la diversidad, es más difícil señalar a un grupo como chivo expiatorio.

La imagen del enemigo es un constructo poderoso pero frágil: poderoso porque puede justificar guerras, genocidios o represiones; frágil porque depende de la ignorancia, el miedo y la unilateralidad del relato. Cada vez que nos exponemos a múltiples perspectivas –que escuchamos todas las historias, no solo la única historia– debilitamos esa construcción. Reconocer la humanidad plena del “otro” es el acto revolucionario que desarma al enemigo imaginario. Como sociedad global, el reto consiste en desaprender la lógica binaria amigo/enemigo y reemplazarla por la búsqueda de soluciones comunes a problemas comunes. Al fin y al cabo, en un mundo interdependiente y diverso, la seguridad duradera no se alcanzará erigiendo muros contra enemigos inventados, sino tendiendo puentes con antiguos adversarios y derribando los mitos que nos impiden vernos unos a otros como lo que somos: una misma humanidad.

[1] Es comunicador e investigador social, magíster en Educación y Derechos Humanos, con amplia trayectoria en procesos de investigación participativa, gestión de narrativas y acción colectiva en territorios populares de América Latina. Ha sido docente universitario, consultor y director de procesos de comunicación comunitaria, y actualmente lidera el Centro de Estudios con Poblaciones, Movilizaciones y Territorios (POMOTE) de la Universidad Autónoma Latinoamericana (UNAULA), desde donde impulsa proyectos de ciencia abierta, cartografías sociales y producción colaborativa de conocimiento orientados a la defensa de la vida, la justicia territorial y la construcción de paz. Contacto: https://leonardojimenezgarcia.com/contacto/

[2] Conocer ensayo en: leticianeria.weebly.comleticianeria.weebly.com

 Bibliografía

Adichie, C. N. (2018). El peligro de la historia única. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial. (Edición original en inglés, 2009).

Agudelo López, A. (2020). Fobopolítica: Rúbricas de una gubernamentalidad contemporánea. Manizales: Universidad de Manizales.

Barbero Domeño, A., Vidal Novellas, C., Barbeito Thonon, C., & Santiago Santiago, I. (2006). (Deconstruir) la imagen del enemigo. Cuadernos de Educación para la Paz, No. 3. Bellaterra: Escola de Cultura de Pau, UAB.

Eco, U. (2012). Construir al enemigo y otros escritos ocasionales. Barcelona: Lumen.

Lander, E. (2020). Los gobiernos progresistas latinoamericanos ante la crisis civilizatoria. En Crisis civilizatoria (pp. 129-158). Guadalajara: CALAS/Universidad de Guadalajara.

Ospina, H. F., Muñoz, S. M., & Castillo, J. R. (2011). Red Juvenil de Medellín: Prácticas de desobediencia y resistencia al patriarcado y al militarismo. En Experiencias alternativas de acción política con participación de jóvenes en Colombia (pp. 43-61). Manizales: Cinde – Universidad de Manizales.

Valenzuela Arce, J. M. (2019). Trazos de sangre y fuego: Bionecropolítica y juvenicidio en América Latina. Guadalajara: Universidad de Guadalajara – CALAS.

 

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